El hallazgo me sorprendió gratamente porque en esta mujer, fallecida el día de Nochevieja del año 2005, nadie hubiera reparado si no hubiese sido publicada su biografía en mi libro «Saliendo de la invisibilidad.-Retratos de mujer«. Y efectivamente, esta mujer, de este pueblo, algorteña hasta la médula, maestra de profesión, profesión que el odio franquista no la dejó ejercer, era una perfecta desconocida para una gran mayoría. Sólo la recuerdan sus clientas de la tienda de lanas que durante muchos años, y como alternativa al magisterio, tuvo que regentar enfrente de Correos, en la calle Torrene, para poder sacar adelante, ella sola, a seis hijos, al quedarse viuda cuando el mayor de ellos tenía 11 años.
Todos sus esfuerzos, una vez finalizada la Guerra Civil, por recuperar el puesto que había ejercido en la Escuela Municipal de Saratxaga, empleo que se había ganado merecidamente junto con Gregoria Zubía y Marcelino de Urtasun, fueron inútiles. Hay que tener muy en cuenta que el magisterio era el grado máximo de cualificación profesional al que una mujer de clase media podía aspirar en los años 20 del pasado siglo y que las universitarias eran la excepción. Su «pecado» era «haber inoculado en las mentes infantiles y juveniles el virus republicano, y en su caso, el nacionalismo». Bien es cierto que, ella, desde muy joven era de ideas nacionalistas, tanto que formó parte en puestos de relevancia en la «Emakume Abertzale Batza», una asociación de mujeres comprometidas con la difusión del nacionalismo vasco, sí, pero también con la promoción de actividades de tipo social. Y por ello fue represaliada y purgada.
Pero antes tuvo que pasar por la huida ante los frecuentes ataque aéreos y bombardeos de la aviación alemana sobre Getxo, siendo, junto a sus dos compañeros de profesión, los/las que aglutinaron a su alrededor a los niños del barrio de Andra Mari cuyos padres optaron por dejarles en sus manos con la intención de llevarles a lugar seguro. Con unos 40 niños a los que al embarcar en Santander, se les unieron niños de Las Arenas y Leioa, todos ellos a cargo de Rosario y Gregoria, consiguieron llegar a Saint-Nazaire y luego en tren hasta Chinón pueblo francés en pleno corazón del Valle del Loira. Su misión allí fue mantener unidos a los niños y formarlos para que no perdiesen sus señas de identidad.

Cuando pudo volver a Euskadi en octubre de 1940 huyendo otra vez de los alemanes que habían invadido Francia unos meses antes, después de que a finales del año 1939 hubiesen vuelto todos los niños sanos y salvos con el maestro Marcelino de Urtasun, se encontró con la negativa vengativa del nuevo régimen para que pudiese continuar ejerciendo su vocación y profesión de maestra. Incluso fue encarcelada durante algo más de un mes en la Prisión Provincial de Bilbao en el Palacete de Orúe de la calle Zabalbide. Tuvo que sacar adelante a su familia con clases particulares semiclandestinas hasta que una vecina la denunció. Desde entonces y hasta Junio de 1976 no le cupo otra que luchar por lo que consideraba que era de justicia: restituirla en su puesto. Cuando dos años después, al inicio del curso de 1978, el Ayuntamiento, por fin, firma la orden de que ya puede reintegrarse a su cargo, se presenta en el lugar que le han asignado pero con una carta de solicitud de jubilación al haber sobrepasado ya la edad de 65 años. Fueron 38 años de lucha continua contra un enemigo imbatible pero, por fin, al llegar la democracia, había conseguido aquello por lo que luchó.
En su corazón, enorme, no guardaba rencores. Sólo le quedaba vivir rodeada de sus hijos y nietos que le hicieron feliz la existencia que le quedaba. Su carácter risueño, liberal y generoso hizo el resto. Tuvo mucho tiempo para disfrutar de ellos ya que no falleció hasta el día de Nochevieja del año 2005-
Rosario Larrínaga y Gregoria Zubía en los años 80 de visita por las calles de Chinón
Bien está que el Ayuntamiento prosiga en esa línea de pretensión igualitaria de calles nuevas dedicadas a mujeres, hasta ahora infrautilizadas e infrareconocidas.